Por qué abandoné la lactancia

No recuerdo bien cuándo tuve claro que quería dar de mamar. Lo que sí sé es que, desde que empecé a informarme sobre el tema, mucho antes de estar embarazada, tuve la certeza de que quería hacerlo.

Cuando estudiaba Periodismo en Madrid, hice prácticas en el departamento de comunicación de Unicef. Allí, mientras traducía notas de prensa y trabajaba con los materiales de la organización, me iba topando de tanto en cuanto con informaciones sobre la lactancia materia. Todo eran cosas buenas. Más tarde, cuando trabajaba en la sección de salud del periódico El Mundo, leía un día sí y otro también un nuevo estudio científico que apuntaba otro nuevo beneficio de la lactancia. Cada día lo tenía más claro: eso era lo que había que hacer.

Llegó así el día en que con una inmensa alegría me enteré de que estaba embarazada. Entones ya tenía cero dudas sobre que el pecho sería el alimento que tomaría el garbanzo que en aquel momento habitaba en mí. No había plan B. Soñaba incluso, fíjate tú, con poder extraerme tanto como para donar a uno de los pocos pero tan necesarios bancos de leche que hay en nuestro país. Y aunque llevaba años conociendo la lactancia y su funcionamiento, quise perfeccionar más mis conocimientos y me hice con varios libros sobre el tema.

Durante esos 9 meses, leí todo, absolutamente todo lo que cayó en mis manos sobre lactancia. Busqué grupos de lactancia en mi ciudad. Incluso acudí a uno estando embarazada. Hice mi plan de parto. En él, por supuesto, dejé por escrito que mi intención era amamantar a mi bebé y que no quería que en el hospital se le diera leche artificial. En mis compras no había ningún biberón o chupete.

Y llegó el momento de la verdad. Por fin nació mi hija. Después de un parto bastante traumático [sobre el que escribí un artículo en su día en eldiario.es, para quien esté interesado en leerlo] que acabó en cesárea y en el que me mantuvieron separada de mi hija durante seis horas (con lo cual, eso que recomiendan de empezar la lactancia en la primera hora de vida, como que no) me la puse por fin al pecho. Se enganchó desde el primer momento. Qué feliz fui. Me motivé tantísimo que a las pocas horas ya tenía puesto en el estado de WhatsApp el icono de la mujer amamantando. Qué cosas. Lo pienso ahora y me da ternura lo ingenua que fui.

Mi hija nació la madrugada del jueves al viernes. El viernes la cosa fue bien, pero ya el sábado empezaron los dolores. Yo estaba preocupada, porque todo mi estudio previo sobre el tema me había hecho tener muy claro que la lactancia no debe doler, y que si duele, es porque hay un problema. Cuando una de las enfermeras se pasó a verme, le comenté lo que pasaba, y me dijo que prácticamente todas las mujeres de la planta estábamos igual, y que oye, ella no sabía de dónde nos habíamos sacado eso de que la lactancia no dolía, pero que era mentira. Me soltó aquello, me dio unas muestras de Purelan y adiós muy buenas.

Yo me eché el Purelán a ver si aquello servía de algo [más adelante quizás haga un post sobre qué funciona con las grietas y qué no, porque lo probé TODO], y le dije a mi madre que me comprara unas pezoneras. Aunque no pretendía usarlas, porque ya había leído que eran una interferencia entre el niño y la madre y que podían provocar una disminución en la producción de leche, quería tenerlas allí, por si acaso.

Fueron pasando los días y aquello no cesaba. Aunque yo me iba preocupando cada vez más, tampoco quería ponerme nerviosa: estábamos empezando, la niña tenía que aprender a agarrarse bien y yo tampoco podía probar muchas posturas porque mi cesárea me impedía moverme bien... Ya lo conseguiríamos. Despacito y con buena letra.

Nos dieron el alta. Llegamos a casa. Seguía con dolor. Dolor por todas partes: el de la cicatriz, el de cuando ella mamaba, el de los pezones que me escocían al ponerme una camiseta... Pero no pasaba nada, lo conseguiríamos. Fui mirando los horarios de los grupos de lactancia. Necesitaba ir a uno con urgencia. Ya. Hoy. Esta misma mañana. No puedo esperar.

Pero la vida no me daba para tanto. Las horas se me iban tumbada en el sofá amamantando 24/7 a mi bebé mientras la gente pululaba a mi alrededor. A los cinco días de vida de mi hija, mi matrona me llamó por teléfono. Que cómo había ido todo. Le conté que me dolía dar de el pecho. Me dijo que fuera al día siguiente y me explicaría cómo colocar a la niña para que no doliera. Qué alivio. Un rayito de esperanza.

Allí me planté al día siguiente. Dolorida, agotada, pálida como el papel, pero expectante. Le di de mamar a mi hija delante de la matrona. Ella me enseñó a recolocar a la niña para que el dolor remitiera. Salí de la consulta absolutamente feliz. Creí que íbamos a conseguirlo. Le compramos unos bombones a la matrona, le estaba tan agradecida...

Por la tarde fuimos al pediatra. Me dijo: "te veo muy pálida, tienes que cuidarte, es muy importante que comas bien, que descanses". En fin. Algún día hablaré del postparto y de lo vacías y absurdas que me  resultan esas frases. Me preguntó cómo se alimentaba mi hija. Le dije que lactancia materna, pero que me estaba doliendo mucho.  Su respuesta fue esperpéntica, y se resume en que me aconsejó darle de mamar usando solo un pecho y suplementar con una marca concreta de leche de fórmula que, cito literalmente, era "igual que mi leche".

Y así fueron pasando los días. Intenté poner en práctica los consejos de la matrona, pero funcionaron muy escasamente. El dolor nunca cesaba. Nunca. Grité muchas veces mientras mi hija se enganchaba al pecho. Lloré, lloré todos los días. Era un dolor desesperante. Probé absolutamente TODOS los productos que leía que podían funcionar. Ninguno servía. Yo me deprimía cada día más.

Recuerdo un día especialmente crítico. Me encontraba muy, muy mal. Estaba exhausta. Tenía fiebre. Pensé que quizás era una mastitis, lo que me faltaba. Me pegué una ducha caliente, que es lo que hago cuando me encuentro mal, mientras escuchaba el llanto desesperado de mi hija por no estar en la teta. No me daban las fuerzas. En un momento, sentí que se me nublaba todo. Empecé a notar un calor muy fuerte y pensé que me iba a desmayar. Como pude, salí de la ducha y, aún mojada, me tumbé en mi cama para no perder el conocimiento. Llegó mi marido con mi hija llorando en brazos y vio la escena.

Cuando me recompuse, aún con fiebre, me puse, cómo no, a mi hija de nuevo vez al pecho. Más dolor. Dolor todo el rato. No recuerdo una sola vez, salvo ese primer día, que consiguiera dar el pecho sin dolor. Yo seguía probando cosas. Parches, frío, calor, cremas, posturas... todo. Busqué asesoras de lactancia que vinieran a domicilio, para que, si hacía falta, se pasaran un día entero conmigo. No encontré ninguna, no en mi ciudad. Conseguí una que me hizo una consulta vía Skype. Tampoco funcionó.

En mi desesperación, compré un sacaleches. El mejor del mercado. Pensé que, si era incapaz de dar de mamar, al menos me sacaría leche para que mi hija tomase biberones de leche materna. Me saqué leche. También dolía, pero menos. Pero cuando le fui a dar el biberón, mi hija no sabía succionarlo. Mi agobio en esos momentos fue extremo. Sentí que estaba atrapada. Que no tenía alternativa al dolor.

A los pocos días pudimos ir, por fin, a un grupo de lactancia. Me resultó de gran ayuda. Eran muy profesionales, sabían muy bien lo que hacían. Examinaron a mi hija y vieron cómo lloraba. Y me dijeron lo que venía merodeando en mi cabeza desde el principio: que creían que la niña tenía el frenillo corto, y concretamente, que este era de tipo 4.

Me dio mucha pena escuchar eso, pero al mismo tiempo, me sentí profundamente aliviada. Pensé que por fin había un diagnóstico. Que le quitaríamos el frenillo y el dolor remitiría. Que podría alimentar a mi hija como siempre había querido sin ese dolor infame, sin sangre en los pezones, sin esa tristeza que iba a acabar conmigo.

Llamé y me dieron cita para el día siguiente.Esa noche, aguanté una vez más el dolor, como pude. Pero esta vez tenía esperanza. Tenía esperanza en que al día siguiente le cortarían el frenillo y todo cambiaría.

Al día siguiente, en la consulta, el pediatra lo  confirmó: la niña tenía frenillo lingual corto tipo 4. El doctor nos explicó que este era el tipo más complicado: significa que prácticamente la totalidad de la lengua está anclada al paladar y no puede moverse para succionar. Es, normalmente, el que más grietas hace, y desgraciadamente, el más difícil de quitar. Los frenillos de tipo 1, 2 y 3 los quitan con un simple corte sobre la marcha en la misma consulta, pero para cortar el de tipo 4 había que entrar en quirófano.

Fue un jarro de agua fría. Pensar en meter a mi hija en un quirófano, sola, tan pequeña, y sin ninguna vacuna [me aterraba la posibilidad de que pudiera coger una bacteria multiresistente] no me hacía ninguna gracia. Estaba muy, muy triste. Todas mis esperanzas se habían esfumado. El doctor nos dijo que al día siguiente tenía quirófano, y que, si queríamos, nos hacía un hueco. Como no lo teníamos claro, nos apuntó preventivamente y nos dijo que, si queríamos ir, estuviéramos en el hospital a las 10 de la mañana, y que si no estábamos, asumiría que habíamos decidido no hacerlo.

Esa tarde y esa noche fueron terribles. No sabíamos qué hacer. Por un lado, la posibilidad de dejar a mi hija 15 o 20 minutos sola me entristecía muchísimo, porque la experiencia de las pasadas dos semanas me decía que alejarse de mí y llorar desconsoladamente eran todo uno. Además, meterla en un quirófano siendo tan pequeña, teniendo cero inmunidad y arriesgándonos a que cogiera alguna infección que se la pudiera llevar al otro barrio era algo que me ponía los pelos de punta. Pero por otro, pensaba que tampoco había que ponerse en lo peor, que al fin y al cabo lo más seguro era que todo saliera bien y que si no se lo quitábamos quizás, además de perderse la lactancia materna, podría tener problemas para pronunciar algunos fonemas en el futuro.

Después de reflexionarlo mucho entre nosotros, de hablar con nuestras familias, de leer y leer y seguir leyendo... decidimos no hacerlo. Pensamos que no queríamos arriesgarnos a que cogiera alguna infección, que además el doctor tampoco nos había garantizado que quitar el frenillo significara que se fuera a ir el dolor y que, bueno, si más adelante tenía problemas al hablar, ya la llevaríamos al logopeda o veríamos lo que hacíamos.

Con mucha pena, fuimos a la farmacia, compramos leche de fórmula y un biberón y se lo dimos. Ya estaba decidido. Ya no tenía sentido aguantar el dolor, porque ahora sabíamos que, mientras el frenillo siguiera allí, este persistiría. Mi hija se zampó el biberón sin rechistar (esta vez compramos uno en el que la leche salía con mucha facilidad, no de los que se supone que imitan el pecho materno) pero con una cara que me parecía muy extraña y que venía a decirme qué es esto y por qué me lo estáis dando.

Lo que viene a continuación es la noche más dura de mi vida. Mi hija lloraba desesperada. Yo lloraba desesperada. No podía cogerla porque buscaba mi teta como loca y le frustraba oler mi leche y no tomarla. La tuvo mi marido toda la noche. Yo me moría por dentro. Después de leer y seguir leyendo, cuando amaneció, cambiamos de opinión y decidimos que nos íbamos a cortarle el frenillo. No queríamos quedarnos con la duda de qué hubiera pasado.

Nos vestimos, nos montamos en el coche y conseguimos llegar al hospital al tiempo. Mi hija entró a quirófano. Yo la esperé en la puerta con el corazón encogido, y cuando por fin salió (el procedimiento duró 7 minutos en total y la niña ni lloró) yo le quería dar de mamar allí mismo. Pero esperamos a llegar a casa. Los hospitales no son un buen sitio para estar con un recién nacido.

Fui a casa muy, muy feliz. A mi hija no había parecido dolerle aquello y yo tenía la esperanza de que cuando me la pusiera al pecho ya no me iba a doler.

Desgraciadamente, no fue así. Dolió. Volví a gritar. A llorar. Aquello no acababa nunca. "Hay que darle tiempo", pensé, y seguí con mi hija al pecho durante todo el día.

La noche fue, como todas, horrible. No dejó de dolerme ni un momento. Y aunque yo notaba que era un dolor algo distinto, que venía más bien del estado de mis pezones en sí, y ya no del frenillo, aquello era desquiciante. Le escribí a la chica del grupo de lactancia. Me dijo que mi hija necesitaba "unos días" para adaptarse a su nueva lengua. Yo pensé, una vez más, que no tenía "unos días". Que no tenía un minuto. Que estaba llegando a mi límite. Me recomendó también no echar absolutamente nada en mis pezones y dejarlos al aire el máximo tiempo posible. Pero esto, como bien sabréis muchas, es muy difícil cuando la niña no quiere más que mamar y mamar.

A ratos conseguía unos segundos de succión sin dolor. Recuerdo la primera vez. Fue una felicidad extrema. "Esto es una lactancia normal", pensé. Y de verdad creí que si seguía así llegaría a ella. Pero eran solo eso, segundos de tregua, luego volvía el dolor.

Por la tarde fui, de nuevo, a un grupo de lactancia. A otro distinto esta vez. Aprovechaba el que había cada día y ahí que me plantaba. Cuando les enseñé los pezones a las chicas que daban el taller, se quedaron impresionadas. Me decían que habían visto muchas grietas durante todos estos años, pero que las mías eran otra historia. Que si no le daba un respiro a mis pezones el daño iba a ser irreversible.

Yo me puse a llorar allí en medio. Ya no sabía qué hacer. ¿Cómo iba a darle un respiro a mis pezones? Todos sabemos que esto no es posible con una niña de dos semanas a la que estás alimentando exclusivamente con lactancia materna y que no quiere hacer NADA más que estar en la teta.

Aún así, juntas, trazamos una estrategia. El plan iba a ser alternar los pechos: primero dejaría descansar uno y lo tendría al aire todo el rato, y luego otro. Utilizaría la pezonera para dar de mamar por el pecho que estuviera "en uso" en ese momento y, para vaciar el otro usaría el sacaleches. Además, así podía ir empezando a hacer banco de leche. Me fui a casa un poco deprimida pero también ilusionada: otro atisbo de esperanza, vamos a probar otra cosa más. Pero en el fondo sabía que, si esto no daba resultado, no quedaban más opciones.

Me fui a casa. Le di de mamar a Vera con la pezonera. Gritos de dolor. Solo dolía algo menos, pero no lo suficientemente menos. Estaba desesperada. Saturada. Mi mente y mi cuerpo ya no podían más. Cogí el bote de fórmula que tenía en el armario e hice un biberón. "Sólo serán unos días mientras se me curan los pezones", pensé. Mientras tanto pretendía ir sacándome leche para, durante ese período, darle los menos biberones de fórmula posibles.

Estuve como una loca sacándome leche. Me ponía el despertador por la noche para extraer y que no parase la producción, a pesar de que esto también me dolía. Pero la cosa iba muy lenta. En 24 horas logré sacar 120 mililitros, que no está nada mal. Pero no era suficiente para alimentar a mi hija. La producción iba bajando cada vez más. Mientras tanto, seguíamos dándole biberones de fórmula e iba por mi casa con las tetas al aire todo el rato.

Al día siguiente de ir al taller de lactancia, fuimos otra vez a la pediatra. Le contamos la situación. La pesaron. Mi hija sólo había engordado 70 gramos en algo más de una semana, cuando debería de haber estado haciendo unos 20 gramos al día. Mi agobio fue ab-so-lu-to. La pediatra me planteó que nos fuéramos al hospital, o si no, que volviéramos al día siguiente para pesarla de nuevo.

Así lo hicimos. Al día siguiente volvimos. Había ido engordando con las tomas de biberón que había hecho. La pesamos antes y después de comer, y hubo una diferencia de 100 gramos. Todo estaba bien. La falta de peso había sido en los últimos días de la lactancia, donde, supongo que por el frenillo, no podía succionar bien y no tomaba suficiente leche. Ya sin el frenillo, y con el biberón, empezó a engordar.

Y así estuvimos un tiempo: tomando biberón hasta que se me curaron los pezones. Cuando ya llevaba unos días así, vi la luz. Volvía a ser persona, a estar contenta. Me relajé, descansé y me sané, y al tercer día me tomé la medicación que cortaba la poca producción de leche que me quedaba.

Me costó mucho trabajo asumir que mi lactancia había fracasado. Es necesario pasar un duelo por la lactancia que quisiste y no tuviste. De esto se habla muy poco. Aún hoy sigo siendo extremadamente sensible con el tema y se me pone un nudo en la garganta cada vez que me preguntan cómo se alimenta mi hija. Aún hoy pienso de vez en cuando que quizás si hubiera aguantado un poco más, unos días más, hoy podría seguir dando el pecho. Pero fue dejarlo y todo mejoró. Yo me quité un peso mental infinito y mi hija volvió a hacer peso.

Me asustaba tener que encontrar una nueva forma de relacionarme con mi hija, sin tenerla todo el día al pecho pegada a mí, pero hoy entiendo que era otro de los tantos miedos que nos entran a las madres y que superamos cada día.

La realidad es que no tengo ningún recuerdo placentero de mi lactancia. Mi dolor era tal que quería dejarla cada cinco minutos. No hubo ni una sola vez -excepto el primer día- que no me doliera. Lo que sí tengo son recuerdos bonitos, de unión con mi hija, de mirar su carita relajada, de observarla dormirse al pecho y dormirme yo con ella. Son momentos que guardo en mi mente como un tesoro y de los que afortunadamente conservo algunas fotos que en ocasiones miro con una melancolía extraña. Pero al hacer esto también recuerdo aquellos días horribles en los que mi mente me jugaba muy malas pasadas. Y me alegro de haber decidido parar, porque llega un momento en el que ya no puedes más.

Con el tiempo, sé que tomé la mejor decisión. No estaba en condiciones de cuidar a mi hija así. Yo quería estar feliz para ella, estar contenta y disfrutar con ella, no tener miedo a que se despertara y quisiera comer otra vez. Ella no se merecía eso.

Pasado el tiempo, he aprendido muchas cosas. Y aunque pienso que querría darle de mamar a mi segundo hijo -si es que algún día me da una enajenación mental transitoria y decido tener otro- porque sé que es una espinita que tengo clavada, la experiencia me dejó tan mal física y psicológicamente que tengo mis dudas sobre si volver a intentarlo.

Aún así, sé que hoy haría las cosas de forma muy distinta. No aguantaría el dolor ni un minuto. Y nada más salir del hospital lo llevaría a un especialista de frenillos (no todos los pediatras saben mirarlos) y ante la duda, cortaría. Cuanto antes mejor, para que no de tiempo a que aparezcan las grietas.

Y bueno, si has llegado hasta aquí, si has leído todo esto, entiendo que es porque estás interesado en el tema. Puede que seas una de esas madres que está en ese lugar tan oscuro en el que yo estuve. Por eso al escribir esto me he desnudado emocionalmente como nunca lo había hecho, porque en estos tiempos en los que la maternidad se vive en soledad, sin una tribu alrededor, pueden ser muy duros, y la lactancia te coloca a veces en una encrucijada de la que no sabes salir. Pero hagas lo que hagas, acertarás. Incluso cuando te equivoques, acertarás. Porque eres madre, y lo haces con amor. Y porque padres felices igual a bebé feliz. No lo olvides.

Un abrazo,

Clara.


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Comentarios

  1. Gracias por tu post. Me siento muy identificada, pasé una situación similar con mi primera hija, no fue tan traumática pero a los dos meses decidí que mi hija se merecía tener una madre sana mentalmente y no desesperada por lo que sintiéndome muy culpable y fracasada empecé con los biberones y me tomé la medicación, a partir de ahí todo mejoró y ella ganó el peso adecuado y yo me pude recuperar de dos meses infernales. Con mi segundo hijo fue totalmente diferente, para mi sorpresa la lactancia se implantó sin problemas y pude prolongarla hasta 9 meses. Así que cada bebé es un experiencia distinta y el vínculo afectivo se establece igual. Claro que es mejor la lactancia materna, pero no siempre es posible y se agradece que dejen ( y dejemos) de juzgarnos por cada decisión que tomamos.

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    1. Muy de acuerdo contigo Beatriz!! La lactancia materna es lo mejor pero hasta un punto: no cuando para la madre supone una tortura, porque esto repercute en tu bebé. Qué bien leer que con tu seguro hijo ha sido distinto, ojalá yo tenga esa suerte. Un abrazo y gracias por tus palabras

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  2. Hola Clara...
    Recién en 2019 me convertí en madre y pensaba exactamente como tu solo quería darle mi leche, desafortunadamente mis pezones no me permitieron iniciar la lactancia inmediatamente (uno lo tengo invertido) y el otro se deformó por la gran cantidad de leche que tuve el primer día, pase días en un taller de lactancia en las que mi bebé sufría y lloraba por no poder tomar el pezón (las enfermeras lo obligaban) pensé en las pezoneras solo para facilitar la toma pero ya me habían metido en la cabeza que si usaba plástico de cualquier tipo era una mala madre (cabe destacar que en mis primeras dos semanas como madre no pare de llorar de la frustración) después de implementar las pezoneras pudimos entablar la lactancia mixta (materna y fórmula), un día enferme y mi lactancia se fue a la basura y hoy tres semanas después de esa crisis (en la que mi bebé si tomaba el pecho aunque fue poquito) entramos en una huelga de lactancia, llora horrible cuando trato de acercarlo al pecho, estoy considerando dejar la lactancia ya que en una consulta médica se me ha culpado e increpado la situación lo cual me hace sentir fatal y de verdad que he querido mantenerme tranquila pero estoy por explotar en llanto, estoy desesperada pero leer tu blog me ha hecho sentir mejor, seguiré intentando y si no acepta el pecho oficialmente después de dos meses felices dando pecho...me rendire!

    Gracias Clara, al leer que no solo yo tengo dificultades para amamantar me hace sentir un poco mejor aunque no se si llorar para desahogarme un poco.

    Saludos de México

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    1. Hola! No sé cómo te llamas pero me alegra mucho que me hayas escrito. Me han conmovido mucho tus palabras. Lo primero que quiero recalcar es que NO estás sola, no eres la única mujer con dificultades para dar el pecho y a la que se le están haciendo cuesta arriba sus primeras semanas como madre. El postparto es muy difícil y te aseguro que a tu alrededor también hay mujeres que piensan lo mismo!

      No me atrevo a recomendarte qué hacer, puesto que sé de buena tinta que esto es un tema personalísimo, solo decirte que yo me alegro muchísimo de en su día haber tomado la decisión que considero que fue más valiente, y que fue decir "hasta aquí hemos llegado, yo tengo que estar bien por mí y por mi hija". Y aunque es verdad que preferiría haber dado el pecho no nos ha ido mal, mi hija no se ha puesto mala ni una vez en estos 16 meses y nuestro vínculo difícilmente podría ser más fuerte. Escúchate a ti, haz lo que quieras hacer TÚ, no lo que te diga ni tu familia ni en un taller ni lo que hayas leído en los libros, y recuerda: hagas lo que hagas acertarás, incluso cuando te equivoques, acertarás, porque eres madre, y lo haces con amor!!

      Un abrazo grandísimo, ojalá me escribas dentro de un tiempo y me digas que os va genial

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